Sportuleando
EL BLOG DE SPORTULA


Un repaso a los diez más vendidos en 2017

⊆ 4 de enero de 2018 | 12:50 pm

Entramos en un nuevo año que vendrá cargado de buenos libros, como no podía ser menos: obras de Elia Barceló, J. G. Mesa, Robert Howard o Víctor Conde, por mencionar unos pocos. Y, mientras tanto, aprovechamos para repasar lo que han sido nuestros diez libros más vendidos en el recientemente terminado 2017.

10. Los archivos perdidos de Sherlock Holmes, de Rodolfo Martínez

El omnibus holmesiano de Martínez goza, más de un año después de su salida, de excelente salud, como demuestra que haya conseguido colarse en la lista de los más vendidos del año. Un impresionante volumen de más de mil páginas en el que el lector asistirá a algunos de los más sorprendentes e interesantes momentos de la carrera del detective de Baker Street. Recordemos, además, que estos archivos perdidos inician este 2018 su publicación en Brasil de manos de AVEC editores.

9. Castillos en el aire, edición y selección de Mariano Villarreal

Una antología que nació con vocación de histórica y que parece que está cumpliendo con creces tal pretensión. Un excelente repaso a veinticinco años de ciencia ficción y fantasía españolas con los más representativos autores de esa época. Y no olvidemos la excelente portada de Manuel Calderón.

8. La canción de Bêlit, de Rodolfo Martínez y Robert E. Howard

Aunque aparecida en octubre, el capricho literario de Martínez sobre el héroe bárbaro por excelencia, entró con empuje suficiente para colarse en la lista de los más vendidos del año. Más de quinientas trepidantes páginas que son una declaración a la novela de aventuras y a la espada y brujería pulp… y, por supuesto, a Conan el cimerio.

7. La piedad del Primero, de Pablo Bueno

6. La hora de los desterrados, de Pablo Bueno

Recién publicada La astucia del vencido, tercera y última entrega de la serie, vemos que las anteriores novelas aún siguen gozando del favor de los lectores. No es para menos. Sin necesidad de reinventar la rueda, Pablo Bueno nos mostraba en el primer libro una historia sumamente interesante, narrada con soltura y solidez y subía de forma clara las apuestas en el segundo, dejándolo todo listo para el enfrentamiento final. A tenor de la fuerza con la que está entrando en nuestras listas La astucia del vencido, parece que los lectores le tenían ganas.

5. Sopa de elegidos, de Pablo García Maeso

Una difícil combinación de novela de aventuras, humor e intriga política que García Maeso resolvía con enorme soltura y desparpajo. Llena de personajes descritos con inteligencia e ironía, pero también con enorme sensibilidad, Sopa de elegidos es un recorrido por alguno de los paisajes más habituales de la fantasía que estábamos seguros de que no iba a dejar indiferente a los lectores.

4. La mirada extraña, de Felicidad Martínez

Recopilación de cuatro novelas cortas con la que la autora valenciana se ha hecho con dos Ignotus: el de Mejor Antología, por el libro completo, y el de Mejor Novela Corta, por “En tierra extraña”. En este libro Felicidad Martínez explora cuatro diferentes sociedades alienígenas y lo hace mostrándolas desde sus propios ojos. Una apuesta arriesgada que sin embargo ha sido excelentemente acogida por los lectores.

3.  A la deriva en el mar de las lluvias,  selección y edición de Mariano Villarreal

2. Dark Fantasies, selección y edición de Mariano Villarreal

Siempre hay alguna de las antologías de Mariano entre lo más vendido del año en Sportula. De hecho, A la deriva en el mar de las lluvias fue la más vendida en 2015 y repitió el primer puesto en 2016. En 2017 se vio sobrepasada por Dark Fantasies, la antología de fantasía oscura que nos ha ofrecido algunos de los más inquietantes relatos del pasado año.

1. La máquina del tiempo, de H. G. Wells

Algunos clásicos no solo no envejecen mal, sino que parecen rejuvenecerse con el tiempo. Tal es el caso de esta novela de Wells, cuya reflexión política y social sigue hoy más vigente que nunca. Las peripecias del Crononauta en el lejano futuro poblado por Elois y Morlocks se ha convertido, con un generoso margen, en nuestro libro más vendido del año anterior, demostrando así que no todo tienen por qué ser rabiosas novedades y que sigue habiendo sitio para los buenos clásicos en nuestra bibiloteca.


Gabriel Bermúdez, escritor wu-wei

⊆ 4 de diciembre de 2017 | 5:32 pm

Aprovechando que Viaje a un planeta Wu-Wei, uno de los clásicos indiscutibles de la ciencia ficción española, estrena nueva portada y una revisión de la maquetación, rescatamos este artículo de Rodolfo Martínez sobre la obra de Gabriel Bermúdez, un clásico cuya obra no ha perdido nada de garra con los años, más bien al contrario.

Aunque se habla de los años ochenta como de la década en la que la CF española despega (y justo es que así se haga, por cuanto a esa década nos da tres obras capitales del género como son Lágrimas de luz, de Rafael Marín, Sagrada, de Elia Barceló y Mundos en el abismo, de Juan Miguel Aguilera y Javier Redal), no está de más recordar los años setenta, que es donde empieza a forjarse el género en nuestro país tal como lo conocemos y va alcanzando poco a poco su edad adulta.

Y si hay un nombre imprescindible en esa década, es sin duda el de Gabriel Bermúdez Castillo.

En 1976, la aparición de su primera novela, Viaje a un planeta Wu-Wei, fue un claro toque de atención para los lectores, quienes sin duda debieron de preguntarse de dónde había salido aquel autor. No era su primer libro: cinco años antes había publicado una recopilación de relatos bajo el título de El mundo Hokun. Pero tal recopilación había aparecido bajo el seudónimo de Gael Benjamín y no sería hasta su reedición en 1975 (más bien, en realidad, un retapado y reencuadernado de la edición original) que la veríamos con el verdadero nombre del autor.  Por otro lado, la difusión que tuvo fue tan escasa que a todos los efectos Viaje a un planeta Wu-Wei era para muchos lectores el primer libro de Bermúdez.

Sospecho que la reacción de la mayoría de ellos ante su lectura tuvo que estar teñida de una extraña mezcla de maravilla y perplejidad.

Maravilla porque ahí teníamos una excelente historia de aventuras, contada con buen pulso y a buen ritmo, personajes que enseguida se hacían entrañables y trama que poco o nada tenía que envidiar a las que nos venían, traducidas, de los Estados Unidos.

Y perplejidad porque, en un momento donde el modelo dominante era el anglosajón (sobre todo el americano), la voz de Bermúdez destacaba con fuerza por lo distinta; sus temas podían ser los habituales en la ciencia ficción (aunque incluso eso es discutible) pero no así su estilo. La limpieza, elegancia y funcionalidad de su prosa, la «eficacia narrativa» de la misma lo entroncaban con la literatura popular del siglo XIX, pero no tanto la escrita en lengua inglesa como, sospecho, en francés. No en vano Jules Verne es uno de los iconos principales de Bermúdez, auténtico experto en la vida y obra del autor de Nantes.

Su mirada irónica, punzante e irreverente en ocasiones, cariñosamente socarrona otras, lo entroncaba por otro lado con dos tradiciones literarias netamente españolas: la picaresca y el costumbrismo. Con pinceladas breves y vigorosas era capaz de dibujarnos sociedades enteras y los individuos que las componían y la mirada que lanzaba sobre esas sociedades era, casi siempre, una mirada crítica: crítica feroz en ocasiones, crítica atemperada por la compasión en otras,  pero siempre lúcida y afilada.

Maravilla y perplejidad siguieron siendo dominantes con sus siguientes novelas: el sorprendente experimentalismo de La piel del infinito; la chocante mezcla de relato legendario y feudalismo tecnológico de El señor de la rueda; la combinación, más chocante aún, de epopeya espacial y novela picaresca de Mano de Galaxia; el desparpajo con el que se invierten los roles sexuales en El hombre estrella; la disparatada, pero verosímil, dictadura médica que describe en Salud mortal

Y es que, si algo ha demostrado a lo largo de todos estos años Gabriel Bermúdez es que no construye novelas fáciles. O, mejor dicho, sí que lo hace. Fáciles de leer y fácilmente disfrutables, sin la menor duda. Pero bajo esa apariencia ligera hay un trabajo de construcción, de diseño narrativo, de superposición de capas y temas que no es en absoluto sencillo y que hace que su obra pueda ser disfrutada y degustada a varios niveles. Si sus novelas nos convencen y nos ganan enseguida en la primera lectura (lo cual no es sorprendente, Bermúdez es un narrador nato), es en la relectura donde nos van revelando poco a poco toda su complejidad. En un mundo de literatura de consumo rápido, de usar y tirar, de leer, olvidar y pasar al siguiente libro, la obra de Bermúdez Castillo permite, incluso exige, la degustación repetida, el volver a ella para captar todos esos sabores y aromas que la primera vez, atrapados por el ritmo endiabladamente ameno de la peripecia, no captamos del todo.

Se ha escrito mucho sobre sus principales características como escritor y fue Julián Díez quien lo definió, de un modo bastante certero, como el primer posmoderno de la ciencia ficción española. Sin duda, el modo en que revisita algunos temas clásicos de la ciencia ficción y lanza sobre ellos su mirada irónica y mordaz, tiene su aquel de deconstrucción posmoderna. El amor de Bermúdez Castillo por los escenarios y los personajes que crea no es un amor inocente que todo lo perdona y oculta sus defectos; al contrario, pues es centrándose en esos defectos como el autor consigue que también nosotros nos enamoremos de sus creaciones. Los héroes de Bermúdez Castillo tienen los pies de barro, como también las sociedades en las que viven.

Y eso me lleva a la que, quizá, es su principal característica como escritor, aquélla que lo define de un modo más certero y preciso.

Me refiero al modo en que casi todas sus novelas son una especie de experimento sociológico. Las sociedades que nos describe son, a menudo, sociedades extrañas, aberrantes, que se han apartado del modelo dominante y que van un poco por su cuenta sin importarles lo que haga el resto del universo. Algunas de esas sociedades nos parecerán sofocantes, encontraremos otras tremendamente liberadoras y puede que veamos en muchas de ellas un reflejo deformado, pero curiosamente certero, de nosotros mismos y nuestro mundo.

En Viaje a un planeta Wu-Wei nos describe una sociedad de claros tintes anarquistas e ideología vagamente ecologista que se opone a la vida frenética y ultratecnificada de la ciudad flotante que hay sobre el planeta. Una vida, además, bombardeada a todas horas por la publicidad y donde los aspectos más humanos de la misma van perdiéndose poco a poco a medida que las máquinas y los automatismos se van ocupando de todo.

En El señor de la rueda, asistimos a un sorprendente «feudalismo de carretera», como si los guiones de Easy Rider y Los caballeros de la mesa redonda se hubieran mezclado y barajado en uno solo. La sociedad descrita en la que es, posiblemente, su novela más divertida e iconoclasta parece un artefacto ensamblado con piezas totalmente disímiles y que, sin embargo, funciona.

En Salud mortal nos presenta una España de futuro cercano que, a la vista de los últimos acontecimientos, quizá no sea tan descabellada, después de todo. En realidad, el autor ya nos había mostrado un atisbo de esa misma sociedad en uno de sus mejores relatos: «La última lección sobre Cisneros». Al utilizarla también de telón de fondo de su novela, la amplía y la vuelve más compleja y, también, más terrible. La dictadura médica que describe, mezquina y ramplona, mediocre y gris, podría haber sido imaginada perfectamente por Antonio Machado y quizá lo fue cuando escribió aquello de «la España de charanga y pandereta / cerrado y sacristía / devota de Frascuelo y de María / de espíritu burlón y de alma quieta». Las imágenes no son las mismas, el lenguaje no es el mismo, pero ambos describen a la perfección una parte oscura, cerril y vulgar de nuestro país que, desde el siglo XIX (o quizá desde antes), ha lastrado el carácter y la sociedad españolas como una rémora.

En Mano de Galaxia nos describe lo que, a primera vista, parece el más descabellado golpe de estado jamás concebido. De nuevo, la mirada mordaz del autor se derrama sobre una sociedad llena de contradicciones que lleva dentro las semillas de su propia destrucción. Sin duda una de las novelas más ambiciosas de Bermúdez, en ella experimenta una y otra vez con los distintos puntos de vista y las voces narrativas, como si la historia fuera un puzle armado a partir de piezas que no parecen encajar del todo hasta que la mente del lector las asimila todas.

Obra menor, pero no carente de interés, es El hombre estrella, en la que invierte los roles de género tradicionales de occidente. Es quizá su novela más descaradamente paródica, y sospecho que la que peor ha sido entendida.

No acaba ahí la obra de Bermúdez Castillo, por supuesto. Ahí están las novelas El país del pasado, Espíritus de Marte, Los herederos de Julio Verne o  Demonios en el cielo.

Y no olvidemos tampoco sus relatos. A menudo experimentales, siempre sorprendentes, han sido publicados de un modo bastante disperso y, aunque las antologías El mundo Hokun (recientemente reeditada por la Biblioteca del Laberinto) e Instantes estelares recogen muchos de ellos, aún quedan unos cuantos que merecerían ser recopilados en un volumen. De hecho, me apresuro a añadir, un omnibus que recogiera toda su narrativa breve está empezando a ser algo obligado y, tarde o temprano, algún editor debería emprender esa tarea.

De «La última lección sobre Cisneros» ya he hablado brevemente más arriba. Es un relato triste y lleno de desesperanza, una historia sobre la futilidad y la impotencia del hombre frente al sistema y el modo en que las cifras, frías e impersonales, destruyen vidas enteras en nombre de un «bien común» a menudo intangible cuando no directamente irreal.

Su relato más famoso quizá es «Cuestión de oportunidades», que ha sido calificado en ocasiones con cierta sorna como “el mejor relato de Robert Sheckley”. El chiste no es gratuito, pues sin duda Bermúdez Castillo comparte con Sheckley el carácter iconoclasta y el humor mordaz, y posiblemente en este relato sea donde mejor se reflejan ambas características, de un modo alocado y salvaje, casi descabellado. El cuento nos arranca una sonrisa, cierto, pero tras ella nos hace, como siempre ha hecho la buena literatura, plantearnos una serie de cuestiones incómodas sobre nosotros mismos.

Con catorce libros publicados (algunos de ellos reeditados varias veces, algo totalmente infrecuente en la ciencia ficción patria) podría parecer que su obra  no es muy numerosa, sobre todo si tenemos en cuenta que se prolonga a lo largo de casi cuarenta y cinco años (de 1971 es El mundo Hokun, su primer libro publicado).

Lo cierto es que la historia editorial de Bermúdez Castillo ha sido accidentada y llena de espacios en blanco que han durado años. Tras sus primeras novelas en los años setenta parece desaparecer del mapa (no del todo, merced a las reediciones) hasta finales de los años ochenta, donde vuelve con dos novelas para desaparecer de nuevo hasta la década siguiente, de nuevo con dos libros, y volver a guardar silencio hasta el año 2001. A nadie extrañara si digo que, una vez más, desaparece de escena hasta 2012. ¿Azares editoriales, momentos de desánimo del autor, una combinación de ambos factores?

Quién sabe.

En cada una de esas desapariciones, se lo ha intentado «jubilar» literariamente, sólo para que el autor dejara con dos palmos de narices a esos agoreros con su siguiente regreso a escena.

Es humano sentirnos atraídos por las novedades, por supuesto, y es normal que lo nuevo y lo moderno nos llame la atención, no seré yo quien lo niegue. Pero si tenéis un momento para acercaros a la obra de Gabriel Bermúdez, hacedlo, no os va a defraudar y encontraréis un autor sorprendentemente moderno. Quizá en parte debido a su naturaleza de francotirador solitario, ajeno a modas y corrientes.

Buena parte de su obra sigue al alcance del público, incluidos sus títulos más clásicos, reeditados en los últimos años por algunas pequeñas editoriales. Y para aquellos que gusten de leer en ebook, también podrán encontrar sus obras en ese formato.

No os vais a arrepentir.

Rodolfo Martínez


Sportula en el segundo semestre de 2017

⊆ 1 de agosto de 2017 | 6:25 pm

En agosto damos inicio oficialmente a nuestra nueva colección de narrativa breve con la versión impresa en formato de bolsillo de dos novelas cortas: Despertares de Felicidad Martínez y Tres ojos de bruja de Pablo Bueno. Ambas han sido muy bien acogidas por los lectores en su versión electrónica y creemos que tendrán también una buena andadura en papel.

En setiembre publicamos la segunda entrega de La enseña del elefante y el guacamayo, del autor tejano afincado en Brasil Christopher Kastensmidt. Tras la primera entrega, en la que Gerard y Oludara se conocen y deciden formar una compañía propia, los veremos ahora enfrentados a su primera aventura. La edición en ebook se complementa, como la entrega anterior, con una interesante galería de imágenes de diversos autores.

Además ese mismo mes estará disponible el avance gratuito de La canción de Bêlit, la novela de Conan que es una suerte de colaboración póstuma entre Robert E. Howard y Rodolfo Martínez. Podréis disponer de los cinco primeros capítulos de la novela totalmente gratis antes de decidir si os interesa. Y, creednos, os va a interesar.

Y octubre se abre, precisamente, con La canción de Bêlit, una trepidante novela de espadas y brujería en la que se narran los tres años que Conan y la Reina de la Costa Negra compartieron aventuras, pillaje, lecho y confidencias. Todo un acontecimiento editorial en nuestro país y una de las mejores novelas de Rodolfo Martínez, quien ha puesto en ella todo su amor por la narrativa pulp y la novela de aventuras. Con portada de Breogán Álvarez, que podéis ver sobre estas líneas, e ilustraciones interiores de Juan Alberto Hernández.

En noviembre, volvemos a la narrativa breve. En esta ocasión se trata de En las sombras del tiempo de H. P. Lovecrat. Una de las narraciones clave para comprender Los Mitos de Cthulhu. Con nueva traducción de Juan Zuriaga Muñoz, esta edición recupera las ilustraciones que en su momento realizó Howard V. Brown para la edición del relato en Astounding Stories. La novela corta saldrá simultáneamente en ebook y en papel en formato bolsillo.

Termina el año con La astucia del vencido, tercera y última parte de la saga iniciada con La piedad del Primero y en la que Pablo Bueno lleva la historia hasta su inevitable y trepidante conclusión.

Como decimos, así se acaba el año, pero  2018 no vendrá huérfano. La reedición de Sagrada, de Elia Barceló; nuevas entregas de La enseña del elefante y el guacamayo; la publicación de La sombra del adepto de Rodolfo Martínez o de Crónicas del Metaverso: Imperio de Víctor Conde, continuación de su novela galardonada con el premio Minotauro…

Y, por fin, la primera entrega de los cuatro volúmenes que recopilan el Conan completo de Robert E. Howard, traducidos por Rodolfo Martínez, quien precede esta primera entrega de un descomunal ensayo introductorio en el que analiza las principales claves narrativas de Howard. En el apartado gráfico repiten Breogán Álvarez en la portada y Juan Alberto Hernández en las ilustraciones interiores.

Y alguna que otra sorpresa. Pero eso ya lo iréis viendo.


Sportula, narrativa breve

⊆ 29 de julio de 2017 | 11:16 am

A lo largo de nuestros ocho años de existencia hemos tenido siempre en cuenta el formato de narración breve y, de hecho, son numerosas las novelas cortas y relatos largos que se pueden encontrar en nuestro catálogo. Pero, por un lado, hasta ahora no los habíamos agrupado en una colección y, por el otro, esas ediciones habían sido puramente electrónicas, en ebook.

El primer punto ha encontrado solución hace unos días, con la creación de la colección Sportula Narrativa Breve y con un rediseño que unifica el aspecto de las portadas de los libros que pertenecen a ella, como podéis comprobar pinchando aquí.

Pero eso no es todo, por supuesto. Si algo nos ha demostrado el éxito de iniciativas como la de Editorial Cerbero es que los relatos largos y las novelas cortas pueden funcionar en papel, editada en el formato adecuado y a unos precios competitivos. Con esa idea nace la colección Narrativa Breve en Sportula: serán libros de 17×12 centímetros, sin solapas, generalmente de ciento y pico páginas y con un precio que (salvo que la extensión de la novela corta no lo permita) nunca superará los cinco euros.

Los dos títulos elegidos para abrir brecha ya han sido editados por Sportula este mismo año, aunque solo en ebook. A partir del mes que viene tendrán edición impresa. Se trata de Despertares, la novela corta de Felicidad Martínez ambientada en el Metaverso de Víctor Conde, y de Tres ojos de bruja, de Pablo Bueno, una historia que transcurre casi veinte años antes de los acontecimientos narrados en su novela La piedad del Primero. Ambas han sido excelentemente acogidas por los lectores en su versión electrónica y no nos cabe duda de que también lo serán en este nuevo formato.

No podemos por menos que agradecer a la gente de Cerbero su valentía y sagacidad a la hora de abrir ese camino, y especialmente la generosidad de Israel Alonso, cabeza de la editorial, a la hora de compartir con nosotros los resultados de su experiencia.

Así que recordad: a finales de agosto Despertares y Tres ojos de bruja estarán en las librerías, esperando que os acerquéis a ellos. Que tengáis una lectura fructífera.


Rosa del segador, por Ian Whates

⊆ 2 de julio de 2017 | 10:50 am

¿Aún no habéis leído Torres de Babel, el primer libro en castellano del británico Ian Whates? ¿Y a qué estáis esperando? ¿Es que no os gustan las historias bien contadas en las que se busca la cotidianidad en lo más extraño o lo insólito en lo más cotidiano? ¿No os apetece leer un puñado de buenos relatos de ciencia ficción? ¿No os fiáis de un autor del que nada conocéis? Bueno, eso tiene fácil solución. A continuación presentamos «Rosa del segador», uno de los cuentos incluidos en Torres de Babel. Estamos seguros de que, tras terminarlo, como poco se habrá despertado vuestra curiosidad por leer más de este autor, no nos cabe la menor duda. Por cierto, ¿os hemos contado ya que Ian estará en el Festival Celsius de Avilés este mismo mes?

¿Desagradable? No, no diría eso. Más bien al contrario. ¿Nunca ha olido maría? Claro que sí, es policía… No, no, no quería implicar nada de… Solo que seguro que se la ha encontrado más de una vez a causa de su trabajo. Nada más. Lo que quería decir es que huele un poco como la maría pero sin ese espantoso dulzor; ya sabe, es una especie de aroma aceitoso, como de hierbas, menos ácido y más floral, más agradable que el de la maría. Sí, lo sé, lo siento, estoy describiéndolo fatal, pero no sé hacerlo mejor. La verdad es que no se parece a nada que haya olido antes.

Sí, más o menos toda mi vida. Al menos hasta donde recuerdo. La primera vez creí que me había cruzado con alguien que se había puesto un perfume caro, el perfume más increíble del mundo. Recuerdo que miré a todas partes, tratando de localizarla, de ver si estaba tras de mí o enfrente. Estaba decidido a no dejar que se fuera sin al menos ver quién era la portadora de un aroma tan apabullante. Tenía que ser hermosa. Solo una mujer hermosa puede llevar un perfume como ese. Pero el andén estaba lleno de gente, todos iban con prisa, y ni siquiera sabía en qué dirección mirar. Y luego pasó lo que pasó, ya sabe.

Ajá, Moorgate, Londres. Eran las ocho y treinta y ocho. Lo sé porque recuerdo haber mirado el reloj de la estación y haber pensado que el tren venía con tres minutos de retraso. Ya sabe, esas cosas curiosas que se le quedan a uno en la memoria, las nimiedades; supongo que así evitas pensar en lo importante.

Sí, claro, trece años, todos éramos de esa edad. Íbamos juntos a la escuela todos los días los cinco, siempre en el mismo tren. Tim y yo éramos los primeros en subir, Mick se nos unía dos paradas después y luego Alan y John en la siguiente.

¿Sabe lo peor, lo que siempre me ha hecho sentir fatal? Justo después de que pasase no podía pensar más que en la mujer del perfume, en si habría sobrevivido. No en mis amigos. No en la gente que veía todos pasar los días de un lado a otro, solo en aquella mujer a la que nunca había visto, solo olido, alguien que a lo mejor ni existía. Me acuerdo de ello a menudo, de lo capullo e insensible que era de niño.

No, claro que no hubo nada que nos avisase. Aparte del olor, evidentemente, pero entonces no sabía lo que era. Todo pasó muy rápido. No se crea una palabra de toda esa cháchara de que el tiempo se estira y las cosas pasan a cámara lenta, de que la gente ve su vida pasar delante de los ojos. Nada de eso, por lo menos conmigo. Solo una explosión brutal, asombrosamente alta, y luego un chirrido que me hizo rechinar los dientes, como uñas sobre una pizarra o mil gatos aullando dentro de una lata de metal. Nadie se dio cuenta al principio de lo que pasaba, no sabíamos nada del descarrilamiento, solo que algo malo había pasado. Lo primero en lo que pensé fue en una bomba; no de ISIS o Al-Qaeda, entonces aquello ni existía, lo que nos preocupaba a todos era el IRA. Todo el mundo se paralizó por un segundo y luego pasaron en menos de un parpadeo de la inmovilidad y el shock a un estado pánico salvaje. La gente empezó a correr y dar empujones. Perdí de vista a los demás, salvo a John. Recuerdo haberlo visto justo antes de que el vagón junto a nosotros saltara por los aires, primero la parte de atrás, y cayera donde estábamos.

No podía moverme, no podía escapar. Tenía gente encima, montones de gente, y no se movían. Era totalmente claustrofóbico y los oídos me pitaban. Oí gritos y llantos, pero parecían muy lejanos, sonaban apagados, como la televisión en la habitación de al lado con la puerta cerrada. Empujé, pataleé y grité, intentando abrirme camino, y por fin lo conseguí por en medio de los cuerpos, los restos del vagón y los trozos de cristal. Alguien me ayudó a ponerme en pie, una mujer con una chaqueta crema; la sangre le arroyaba por el brazo izquierdo. Nunca he sabido su nombre.

Un campo de batalla, es lo único que se me ocurre para describirlo, como una imagen del bombardeo de Londres en una peli antigua de la II Guerra Mundial, ya sabe, justo después de los ataques aéreos. Cuerpos, montones de cuerpos y gente de pie, inmóviles, totalmente desconcertados. Restos de los dos trenes, una pared que se había venido abajo y humo y polvo por todas partes… No vi fuego, aunque luego leí que había habido algunos incendios…

No, para nada. Qué va. El olor se había ido. Solo lo huelo justo antes de las muertes, nunca después.

Tuve mucha suerte, es verdad, ni un arañazo. Tres de mis mejores amigos muertos y Tim hospitalizado durante un mes y allí estaba yo con la camisa sucia y un pitido en los oídos.

Puede ser. Siempre he pensado que Moorgate fue la primera vez porque es la primera de la que estoy completamente seguro, pero recuerdo que en ese momento me pareció familiar, como si lo hubiera olido antes en otra parte… No sabía cómo llamarlo, ni lo supe hasta la siguiente ocasión, en Duxford. Creo que Rosa del Segador le va bien, ¿no le parece? Quién nos iba a decir que la muerte tendría un olor tan agradable.

Sí, sí, Duxford, el espectáculo aéreo. Me llevó la tía Anne y fuimos con mi primo Robert. La tía preparó bollos rellenos de salchichas y huevos cocidos. En toda mi vida he comido tantos huevos. Hacía un día estupendo, cálido, soleado, sin una nube. Nos quedamos mirando cómo los viejos cazas de la II Guerra Mundial simulaban un ataque, los motores gruñendo en lo alto… y de pronto sentí de nuevo aquel olor rico, denso, evocador.

Aquella vez fue distinto de Moorgate porque podía ver todo lo que ocurría mientras estaba pasando, no trozos sueltos que luego tuve que ensamblar mentalmente. Uno de los aviones sonó como si tuviera hipo y de pronto hizo un giro extraño; menos de un segundo después se oyó cómo se paraba el motor. Entonces empezó a caer, el morro apuntando hacia abajo, cada vez más cerca del suelo… No estaba directamente sobre nosotros, pero cerca. A la gente le dio tiempo a reaccionar, a intentar irse, pero no a escapar. La tía Anne me cogió de la mano y empezó a tirar de los dos, yo a un lado de ella y Robert al otro, pero no habíamos dado más que unos pocos pasos cuando se produjo la explosión. Increíble lo enorme que fue, teniendo en cuenta lo pequeño que era el avión. Supongo que por la velocidad… y el combustible, claro.

Trozos de fuselaje y de tierra volaban sobre nosotros y luego algo me golpeó por la espalda. Creo que fue la onda de choque. Me lanzó hacia arriba. Me quedé sin aliento un momento, incapaz de moverme, tratando de asegurarme de que seguía con vida, sin creérmelo del todo. Luego me senté poco a poco, magullado pero ileso. Seguía sosteniendo la mano de la tía Anne… pero su brazo terminaba a la altura del codo.

Claro que me conmocionó. ¡Quedé horrorizado! Solté su mano y empecé a gritar. Perdí la noción del tiempo, pero debo de haber estado gritando hasta que me encontraron. A veces, sí, incluso ahora, me despierto por la mañana y aún siento sus dedos en la palma de la mano.

¿Sabe que han subido parte del metraje del accidente a YouTube? Cosa de un minuto o así, las mejores partes… No debería sorprenderme, la verdad. Al fin y al cabo era un espectáculo aéreo y mucha gente debió de llevar cámaras. No había móviles de aquella, claro. Vi una vez el clip. Había algo casi artístico en el modo en que los restos trazaban arcos en todas direcciones a partir de aquella flor de fuego. No sentí nada cuando lo vi, como si no tuviera nada que ver conmigo, como si nunca hubiera estado allí y solo me hubiera enterado de lo que pasó porque me lo hubiesen contado luego.

Fue justo tras Duxford, mientras me daba cuenta de que el olor me había llegado inmediatamente antes de dos catástrofes, aquella y la de Moorgate, cuando lo bauticé como Rosa del Segador.

Claro que nunca se lo he contado a nadie. ¿Para qué? ¿Quién me iba a creer? Además, nadie ha relacionado nunca antes todo lo ocurrido, ni me ha conectado a mí con los desastres, nadie se ha dado cuenta de que he sobrevivido a todos y me he ido luego sin un rasguño.

Alguna otra vez, sí. Ninguna tan espectacular como esas dos, al menos hasta ayer.

Claro que lo he intentado. Hasta he ido a clases de yoga una temporada a ver si me servía de algo. Me he sentado y despejado la cabeza y he hecho todo lo que he podido para conjurar el maldito olor, para recordarlo con exactitud, pero no puedo. Solo viene a mí justo antes de una muerte. Por eso me costó tanto describírselo antes. No lo recuerdo del todo, no hasta que vuelvo a olerlo. Una vez que lo huelo es inconfundible, claro.

Sí, tiene razón, no es solo la muerte, es algo más. Por ejemplo, cuando papá estaba en el hospital y se fue muriendo pacíficamente, poco a poco, no olí nada. Bueno, olí lo que se huele en los hospitales, desinfectante, antibiótico y esas cosas, pero no Rosa del Segador. Es la muerte violenta lo que atrae el olor. Muerte violenta e inminente.

Ajá, como la pasada noche.

Claro que no me lo esperaba. Nunca me lo espero. No habría ido de ser así.

No sé. ¿Una explosión de gas, terroristas? Usted sabrá, que es el inspector. No soy más que una víctima, no lo causé. Visitaba a mi madre que acababa de operarse, nada más. Por lo menos ella está bien, no tiene ni idea de cuánto me alegro.

Claro que me enteré de lo de la doctora con la que estaba hablando cuando ocurrió. La doctora Singh. Horrible. Parecía muy buena gente y explicaba las cosas de maravilla… Sé que a mamá le caía muy bien. Dicen que estoy vivo gracias a ella, que su cuerpo absorbió el impacto de la explosión y me escudó. No vi gran cosa, solo un destello brillante que venía de detrás de la doctora Singh y luego un crujido ensordecedor y una ola de calor que me golpeaba… Al parecer me desmayé unos minutos. Nunca me había pasado. Cuando me desperté estaba tirado entre los restos; había un cuerpo cerca, un brazo que salía de entre los escombros. Quizá era la doctora Singh, no sabría decirle. No quise mirar. No había más que polvo y devastación por todas partes, igual que en Moorgate o en Duxford.

¿Cómo? Claro que no. ¿Qué podía haber dicho? ¿«Doctora Singh, corra como si le fuera la vida en ello si empiezo a oler rosas»? No me llega precisamente con mucha antelación, así que no sé cómo habría podido avisar al hospital de que lo evacuaran o algo así. Eso suponiendo que alguien me hubiera hecho caso, que sé bien que no.

Unos segundos, no más. Ni un minuto. Me viene un fuerte ramalazo de Rosa del Segador y entonces me doy cuenta de que aquellos que me rodean en ese preciso instante están a punto de morir. Ni siquiera sé qué va a matarlos, solo que va a ser horrible… y violento. ¿Cómo voy a convencer a nadie de algo como eso en unos segundos? Dígamelo, de verdad, dígamelo, me gustaría saberlo. ¿Qué puedo decirle a nadie para que no crea que estoy loco y de verdad comprenda que le quedan segundos de vida?

Que sí, de verdad que huele a rosas, pero es más potente, quizá con un toque de lavanda. Pero no, es otra cosa. Imagine el ramalazo más poderoso del aroma más excitante que haya olido jamás, destilado y concentrado en su pura esencia. Un frenesí de feromonas, el olor más sensual del mundo, mareante e intoxicante. Entra en la nariz y se expande hasta inflamar todas las células, las llena de anticipación, de emoción, de… Extraño, sí, pero me siento más alerta, más vivo cada vez que lo huelo. Es el olor que todo perfumista ha intentado perfeccionar durante siglos sin alcanzarlo ni de lejos. A veces me pregunto si Coco Chanel podía oler el Rosa del Segador también, si sería eso lo que la inspiraba y la llevaba a crear,

¿Cómo? Sí, supongo que esta descripción es mucho más acertada que la que le di cuando empezamos a hablar, pero no es sorprendente, ¿verdad? En ese momento no podía olerlo.

© 2016, Ian Whates
© 2017, Rodolfo Martínez, por la traducción


Página 2 de 19  1   2   3   4   5   19