Javier Cuevas habla de El sueño del Rey Rojo

sábado, 27 de marzo de 2010

La primera edición de El sueño del Rey Rojo (Gigamesh, 2004) incorporaba un prólogo de Javier Cuevas. Su autor y Ediciones Gigamesh han sido tan amables de permitirnos reproducirlo aquí:

Vamos a empezar por el principio: El sueño del Rey Rojo es una novela de ciencia ficción escrita por un autor español llamado Rodolfo Martínez. Se trata de un autor voluntariamente fiel al género, con una obra extensa que abarca algunos (bueno; muchos; tampoco vamos a ser excesivamente amables) años de trabajo, numerosos seguidores y un montón de títulos publicados. Sin duda, algunas de sus novelas ocuparían en una encuesta los primeros lugares entre las obras más conocidas del género en España, y raro es el año en que su nombre no suena como finalista en uno o varios premios y categorías (es también autor de numerosos ensayos y de no pocos relatos). Es, en fin, un escritor conocido y habitual en un género pujante.

Hubo un tiempo en que las cosas no eran así, y algunos lo recordamos aún. Hubo un tiempo de una cf acomplejada que usaba seudónimos de sonido anglosajón y personajes y lugares que sonaran por el estilo para que pudieran ser publicados y leídos en España. De hecho, hubo un tiempo en que esto era estrictamente necesario tanto por exigencias de los timoratos editores de aquel entonces como por la propia actitud despectiva de un público que soltaba en las estanterías como si quemara cualquier publicación de género fantástico que sonara remotamente a cosa escrita por nativos.

Hoy la cf escrita por autores españoles no sólo ha dejado atrás los vicios nacidos de aquel complejo, sino que ofrece un panorama de renovación de planteamientos y búsqueda de nuevas vías seguido no sólo por un público propio, sino más allá de nuestras fronteras. Pues bien; para generar este cambio han sido necesarias muchas obras aceptables, algunas buenas y un puñado de ellas francamente buenas, y Martínez ha escrito unas cuantas de las últimas. Y no sólo eso: Una de las cosas magníficas que sentimos al leer El sueño del Rey Rojo es que es una novela de cf de un autor español y, al mismo tiempo, que esto nos da exactamente igual como lectores porque sobre todo es una buena novela. Y esto, que es una forma exacta de definirla, es también uno de los rasgos distintivos de la obra de Rodolfo Martínez. No necesita excusas, ni disfrazarse de esto o parecerse a aquello. Es lo que es por sí misma, y de pronto uno se da cuenta, al cabo de los años, de que ha sido así desde un principio, probablemente desde que leyó algo suyo por primera vez.

La obra de Martínez es amplia, variada y compleja. Tiene sus raíces en múltiples influencias cruzadas y marcos de referencia distintos; en un interés desmedido por el cómic, la música, el cine y el teatro. Y es también renovadora; pero como decían los educadores victorianos, sólo es posible renovar con conocimiento aquello que se conoce en profundidad, y así resulta deudora tanto de los clásicos del género (el lector que los conozca bien hallará sin duda sus querencias entre líneas) como de un respetable conocimiento de la literatura y de los clásicos en general. Quizá el lector particularmente sensible detecte en la preferencia por tramas urdidas alrededor de un crimen o un misterio las influencias de la literatura del XIX (no olvidemos que estamos nada menos que ante el autor de varias novelas de Sherlock Holmes). No escaparán tampoco al observador atento las señales dejadas por ese componente tantas veces olvidado como esencial para forjar una carrera literaria llamado Cultura. Y hay algo del espíritu de los clásicos de la edad de oro de la ciencia ficción en la tecnofilia declarada de sus personajes y en la casi ostentosa facilidad con que se mueven en entornos artificiales y altamente tecnológicos en sus cotidianas vidas.

El sueño del Rey Rojo reúne, en buena medida, muchos de los rasgos diferenciales de la obra del autor: personajes con obsesiones y problemas tan reconocibles por el lector que podrían ser cualquiera de sus amigos; una trama en forma de investigación; y como vehículo, a veces como un personaje más, una tecnología coherente y casi cercana, a veces sólo ligeramente adelantada a la técnica actual y otras tan sorprendentemente lógica que uno se plantea que, en efecto, si alguna vez se construye algo parecido habría que hacerlo así…

Hay algo más que sería interesante apuntar, y tiene que ver con el estilo. Unos párrafos más arriba comentaba la especial relación del autor con Sherlock Holmes y su autor, a quien es capaz de sustituir (no imitar, ni copiar, ni siquiera homenajear, sino sustituir) con absoluta limpieza. Pues bien; éste es el punto de partida perfecto para una última reflexión. Porque como Conan Doyle, y en buena medida también a contracorriente de su tiempo, Martínez utiliza en estos tenebrosos tiempos de cultismo y prosopopeya el afilado bisturí de la palabra exacta en el lugar adecuado. Con una precisión y una aparente sencillez que exigen mucho más esfuerzo que el habitual recurso de utilizar adjetivos sin control, logra expresar en cada momento lo que cada uno de los personajes ve y siente, situando al lector en el lugar y estado de ánimo buscados, arrancándole los pedazos necesarios sin que éste haya sido consciente apenas de cómo han acabado por llevarle a ese lugar desconocido y misterioso de su propia vida en el que ha entrado leyendo una novela.

© 2004, Javier Cuevas


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