De 7 en 7: Carmen Moreno

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Carmen inició su colaboración con Sportula con un relato en la antología Más allá de Némesis que coordinó Juan Miguel Aguilera. Fue también su primera incursión en la ciencia ficción. Debió de gustarle, porque volvió sobre el género con Principito debe morir, donde reinterpreta de un modo muy inteligente en clave de ciencia ficción el clásico de Saint-Exúpery.

En estos momentos prepara para Sportula una antología sobre los Irregulares de Baker Street.

La pregunta inevitable: De todas las cosas a las que podrías estar dedicándote, ¿por qué precisamente a escribir?

Creo que no lo elegí yo, sino que, un día, me vi escribiendo y, hasta ahora, no he podido pararlo. Yo hubiera preferido ser una estrella de rock y arrastrar millones de seguidores por el mundo entero, pero… De todas formas, me gusta la sensación de estar en la sombra y poder vivir otras vidas, de ser otras personas. Lo hablaré con mi psicólogo.

El corolario a la pregunta inevitable: De todas las cosas sobre las que podrías escribir, ¿por qué precisamente literatura no realista?

Como casi todo lo que pasa en mi vida, todo fue una casualidad. Me he pasado la vida leyendo a los clásicos, pero viendo cine de ciencia ficción, y soñando con aquel Ulises de los dibujos animados. Cualquier cosa que pase en un libro deja de ser real y, ya puestos: coger un ascensor lo hago todos los días, pero teletransportarme en el espacio-tiempo sólo lo puedo hacer cuando escribo. Prefiero imaginar mundos que no conozco que hacer una foto del que conozco y no me gusta nada.

La pregunta definitoria: ¿Escritora de brújula o escritora de mapa?

Depende de la novela. He usado las dos fórmulas. Creo que depende de la historia puedes y debes usar una técnica u otra. Debe ser que tengo tendencia a perderme en la vida real, así que no me puedo fiar al 100% ni de brújulas, ni de mapas.

La pregunta prospectiva: Tu lector ideal. Esa entelequia que tienes en mente cuando escribes y que te gustaría que tuviera cientos de miles de implementaciones en el mundo real. ¿Cómo es ese lector ideal para el que escribes y qué espera encontrar en un libro?

Soy yo porque leo de todo y en cada momento he buscado algo diferente. Cuando leo a Conan Doyle, no espero encontrarme a Cortázar y cuando leo al argentino espero ver a K. Dick… Espero encontrar en cada libro algo diferente, pero sobre todo, espero divertirme, espero vivir cosas diferentes. Jamás olvidaré la primera vez que leí La isla del tesoro o Cien años de soledad, o El halcón maltés, o alguna de las novelas de Elia Barceló, Soy mi lector ideal porque soy el lector que mejor conozco.

La pregunta distópica: Vienes de un remoto futuro. Del colapso que sabes inminente, se te permite rescatar y llevar a tu época tres libros, tres películas y tres obras musicales. ¿Cuáles y por qué?

Los libros que me llevaría, sin ninguna duda: Los cuentos completos de Cortázar; Cien años de soledad de García Márquez y 1280 almas de Jim Thompson. ¿Por qué? Porque me parecen las piedras angulares de la literatura que me gusta, de la literatura que considero literatura. Ah, en un bolsillo secreto llevaría Crimen y Castigo de Dostoievski. Lo siento, ¿nunca os he contado que estoy vetada en las timbas de póker de mi amigo Nacho por hacer trampas?

Las películas son un poco más difíciles, pero lo intento. La primera, sin duda sería La fiera de mi niña dirigida por Howard Hawks porque no importa cuántas veces la vea, siempre me hace reír. Otra de mis películas indispensables es Con faldas y a lo loco en ella participan dos de mis fetiches, Wilder y Monroe. Una de esas películas que acabas por aprenderte de principio a fin. La tercera sería Los Goonies, dirigida por Richard Donner, porque es la película de aventuras para mí. Una mezcla de aquella primera novela que me enseñó a amar la literatura La isla del tesoro y de todos los géneros que haya podido imaginar el cine.

En cuanto a música… Una antología de lo mejor de Rocío Jurado porque soy del Sur y si fuera de Luisiana y ella fuera una negra heroinómana todos nos la llevaríamos puesta. Otro disco imprescindible para mí es Malas compañías del mejor Joaquín Sabina. Con este disco aprendí que yo no tenía las mismas aspiraciones que mis amigas, que me atraía la noche, que no me gustaban los horarios y que debía vivir Madrid. El tercero, sin ningún género de dudas: The Wall de Pink Floyd. ¿Alguien se dejaría ese disco en casa?

La pregunta ucrónica: ¿Cuál es el libro que habrías querido escribir pero ya estaba escrito? ¿Por qué ése?

Habría dado mi mano derecha por escribir cualquiera de los cuentos de Cortázar. Siempre comparo a Cortázar y Borges porque es, como lo fue en su tiempo, elegir entre Duran Duran o Spandau Ballet, la Pantoja o la Jurado, o Mecano u Olé Olé… Para mí Borges es el genio más brutal desde hace mucho tiempo. Un tipo con un pulso tan firme que podría diseccionar un cerebro a 100 km de distancia. Jamás deja ni una pequeña mancha. Cortázar, en cambio, es el cirujano que está en la guerra, que no tiene medios y debe salvar vidas como sea. Cortázar toma partido, se mancha las manos, se implica y es imperfecto, pero Borges me parece una máquina, inhumano (esto va a molestar a mucha gente, lo sé). Reconozco la perfección de las máquinas, pero amo la labor del ser humano, por eso me quedo con Cortázar y hubiera dado mi mano derecha por escribir cualquiera de sus cuentos.

La pregunta que nunca te han hecho: No sé si se elige ser escritor, pero cuando ya sabes que quieres serlo, ¿lo planteas en casa? ¿Qué te responden?

En mi caso lo planteé. Mis padres esperaban de mí, por las notas que sacaba, que hiciera una de esas carreras que te aseguran dinero, una de esas carreras tecnológicas o científicas que hacen que todos se asombren al saber lo que haces. Tenía nota para hacerlas. Yo había intentado irme de casa desde los trece años para hacer algo relacionado con el Arte, pero mis padres nunca quisieron.

Cuando hice Selectividad me puse ante mi padre y le dije que quería ser escritora. Recuerdo que mi padre me miró muy serio y me dijo: «Vamos, puta.» Intenté explicarle que no era exactamente lo mismo. Veinte años después no sé si lo he conseguido, pero ahora piensa que soy gilipollas. No sé si son complementarios o excluyentes.


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