La Nueva Cultura: desencantada y cósmica

jueves, 24 de abril de 2014

Fernando Ángel Moreno

Reproducimos, con permiso de su autor, la crítica que sobre Jack Kirby. El cuarto demiurgo realizó Fernando Ángel Moreno para la revista Hélice.

 

Jack Kirby es uno de los dibujantes americano de cómic más influyente de la historia, tras Will Eisner, con permiso de grandes nombres como Alex Raymond o Neal Adams, entre tantos otros. Creó, junto a Stan Lee, mitos como Los 4 fantásticos y los X-Men, por citar dos ejemplos muy conocidos. Su calidad puede no resultar tan evidente a los profanos, en cuanto que pertenece a una época de guiones y corrientes estéticas muy diferentes a los de hoy. No obstante, los expertos parecen estar de acuerdo en considerarlo uno de los más importantes dibujantes de todos los tiempos y, no en vano, se le cita siempre con el sobrenombre de «El Rey».

Debo adelantar que por esto mismo, en principio, el tema debería traerme al fresco. No soy un gran admirador de Kirby. Nunca lo he sido. No porque no lo considere un genio, sino porque sus historias me pillaron tarde y siempre me sonaron un tanto ingenuas y maniqueas, poco interesantes. Sin embargo, existen diversas razones para haberme atraído tanto este libro: el papel que este estudio juega en el mundo editorial, la visión aglutinadora que lo sustenta (y que comparto para cualquier estudio sobre cultura actual) y, por supuesto, que la mayor parte de la obra habla de narrativa de ciencia ficción. Y conocer mejor a Jack Kirby, de quien acabo de convertirme en un ferviente admirador.

Se debe destacar que se trata del primer libro de ensayo de José Manuel Uría, un aficionado de formación en Física que ―según me cuentan― suele deslumbrar por sus conferencias dentro del mundillo de la literatura de género. No obstante, hasta ahora no había lanzado un trabajo de la extensión y la homogeneidad de este. A ese mérito debemos añadir el tono divulgativo que ha sabido darle. En efecto, el estilo del libro es lo bastante fluido como para que me dejara arrastrar por él y para no aburrirme en ningún momento

En cuanto al contenido, el gran acierto del texto se encuentra en la aglutinación de ideas, conocimientos, paradigmas, impresiones, deducciones y especulaciones aventuradas para conseguir un análisis objetivo de la personalidad poética de Jack Kirby.

Y este aglutinamiento no habla solo de lo que habla; habla del siglo XX y de cómo una nueva cultura nació en él. Esa nueva cultura es la de la fusión del alto y el bajo saber, de lo culto y lo popular, de las distintas artes; de los distintos mundos, unos dentro de otros.

En cuanto a cómo muestra todo para explicar a Kirby, José Manuel Uría realiza un juego muy inteligente: aplicar el método deductivo en vez del inductivo (extraño en alguien de formación tan científica): primero nos expone las características de la obra y después realiza una profundización en ellas que las avala al mismo tiempo que las reconstruye y, casi, las crea. Y no podemos estar en desacuerdo. O, al menos, yo no puedo. El edificio que crea es demasiado hermoso y demasiado verosímil, porque no se desvía de lo que quiere explicar: qué vemos cuando vemos las viñetas de Jack Kirby.

Para ello, expone poco a poco, por temas, las influencias que pueden apreciarse en su obra. Unas se deducen por acceso y reiteración en sus comics. Otras, por exagerada relación, como las referidas al gnosticismo, algunas mitologías antiguas, el ocultismo y el maldito dänikenismo. Para ello, expone con detalle, pero de manera fluida, las bases de cada una de las líneas cultas y/o tradicionales en que se basa.

Inteligentemente, Uría no cae en el error de convertir a Kirby en un gnóstico cultísimo, como haría cualquier idolatrador. Por el contrario, busca las evidencias de este conocimiento y deduce que resultaba muy difícil que los autores de la época accedieran a ellas directamente. La influencia, de tal modo, debió de ser mediada, indirecta. Y esto implica, tras diferentes análisis, que toda la cultura popular está impregnada de gnosticismo ―especialmente los comics Marvel― y que Kirby lo explotó, seguramente de manera inconsciente, por un sabio sentido estético.

Esta línea aglutinadora que tanto me ha gustado se refuerza según va desgranando aquí y allá la relación del dibujante con Stan Lee, sin poner a ninguno por encima del otro. Todo ello evoluciona paralelamente a la descripción de los avances en astrofísica y en su posible influencia en alguien como Kirby, que leía mucha divulgación científica. Entendemos así esa capacidad kitsch de la cultura popular de deshacerse de todo lo importante de aquello que roba ignorante para crear con ello objetos estéticos únicos y, a menudo, maravillosos. El ocultismo, el gnosticismo, la astrofísica se unieron con los héroes míticos para plasmarse en el dibujo de lo cósmico y, siempre, desde cierta mentalidad de ciencia ficción. Es decir, según Uría, la magia de Kirby consistió en asentar los pies en el suelo, tomarse muy en serio su visión de la realidad ―exactamente la que comparte con la mayoría de la ciencia ficción― y hacerla jugar con otros temas que, al parecer sin creer en ellos, le causaban fascinación.

La segunda mitad del libro, ya más analítica respecto a obras concretas de Kirby, donde se aplica todo lo enunciado, será seguramente de muchísimo más interés para sus admiradores. Por ejemplo, la explicación de las grandes entidades cósmicas de Marvel ya vale el acercamiento al libro.

A un profano como yo le ha interesado especialmente el capítulo dedicado a 2001, que en sí supone una hermosa síntesis de todas las teorías del libro. Entre todas ellas, me ha interesado especialmente el desencanto inevitable que ha traído la ciencia y las consecuencias, positivas y negativas, de dicho desencanto.

Un trabajo difícil, en definitiva. Complejo. Repleto de ideas. Sostenido por una bibliografía donde no se desprecia un texto porque sea demasiado culto y árido ni porque sea demasiado divulgativo y mal publicado. Si hay que ponerle algún defecto, es el de la falta de una última revisión gramatical y de alguna limpieza de repeticiones de ideas, pero no importan como para deslucir de verdad su lectura.

Ah, sí. También llama la atención el cambio de tono en algún capítulo:

«OMAC es la historia de un tío muy cachas que reparte hostias como panes a los superricos» (p. 151).

A mí no me molesta en absoluto, pero a los amantes de la cohesión estilística puede chocarles este repentino y fugaz giro tras 150 páginas de corrección política.

Con todo ello, creo firmemente que esta es una línea fructífera para futuros ensayos de los aficionados, donde pueden marcar una diferencia importante, útil y enriquecedora sobre los vetustos y polvorientos estudios académicos españoles. Va siendo hora de que los complejos de muchos aficionados a la cf dejen paso a las audacias, como ya ha ocurrido por ejemplo en el cómic desde los teclados de expertos como José Manuel Trabado, Juan José Vargas o Manuel Barrero, entre tantos otros que han publicados buenos libros sobre este lenguaje.

Y, desde luego, dejando aparte su importancia contextual, es muy posible que el libro sea disfrutado por todos aquellos a quienes les interese Kirby.

Yo, sin que me interese, he aprendido mucho, lo he disfrutado y me ha hecho mirar a otros sitios. ¿Qué más puedo pedirle a un libro?

Sería interesante encontrar quien lo reseñara para una revista americana, pues merece que nuestros compañeros anglosajones también lo disfruten.

 

© 2014, Fernando Ángel Moreno.
Reproducido con permiso del autor


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