¿Son necesarios los editores?

martes, 13 de mayo de 2014

Dejemos las cosas claras desde el principio, sólo hay dos elementos imprescindibles en la literatura: el escritor (sin el que no hay obra) y el lector (sin el que la obra no es literatura). El resto de los factores que intervienen en el asunto pueden ser más o menos importantes, pero resultan, en última instancia, prescindibles. Mientras haya autores que creen una obra y haya lectores que la lean, la literatura existirá. Tan sencillo como eso.

Una vez despejado el camino, pasemos a lo siguiente. ¿Qué puede ofrecer el editor hoy en día al autor, qué puede aportarle para que decida usarlo como intermediario para llegar a su público en lugar de hacerlo por sí mismo?

En el caso de los grandes grupos editoriales hay una respuesta bastante obvia: su capacidad económica para la distribución y la promoción ayudan considerablemente a que el libro esté en todas partes y sea visible. Factor nada desdeñable, desde luego.

Pero bajemos al terreno de los editores medianos o, directamente, los pequeños, como nosotros mismos. ¿Qué podemos ofrecerle al autor, para qué nos necesita?

Parece obvio pensar que hay cosas que el autor no puede hacer y de las que se encarga el editor y que, ya sólo por eso, su existencia está justificada: la creación de la cubierta, la revisión del texto, la maquetación del interior del libro, la impresión de ejemplares, la colocación en los puntos de venta…

Sin embargo, hace ya algunos años que eso no es cierto. Existen servicios editoriales que un autor puede contratar y que, previo pago, le dan precisamente eso mismo: crean una portada, revisan ortotipográficamente el texto, lo maquetan, crean el ebook o los ficheros necesarios para el libro impreso e, incluso, pueden colocar el libro en los puntos de venta. Si fuéramos inmodestos podríamos hablar de nuestro propio servicio, Clovis Servicios Editoriales, donde la mayoría de esas cosas se ofrecen previo pago. Dado que nos caracteriza una modestia de virgen vestal y una discreción de mayordomo victoriano, nada diremos de ello.

El caso es que si un autor quiere prescindir del editor para la creación del libro puede hacerlo por una cantidad de dinero no exagerada. Con lo cual se ahorra un intermediario que se va a comer una parte de los beneficios y puede llegar directamente a su público.

Es cierto que, en algunos casos, el editor va más allá de esas labores que hemos mencionado y ayuda al autor a darle al libro su forma definitiva: trabaja con él tratando de potenciar los elementos que mejor funcionan del libro y eliminar o corregir los que no lo hacen, ayudándolo a estructurar la historia, a definir el ritmo o a pulir el estilo.  Pero reconozcamos que eso no es la tónica habitual… aunque quizá es más común de lo que el lector podría pensar. Esa labor editorial merecería para ella un solo post que, de momento, dejaremos para el futuro.

Sigamos.

Queda el tema de la promoción, claro. Pero recordad que estamos hablando de pequeños editores cuya estrategia de promoción va a ser fundamentalmente online… algo que el propio escritor puede hacer por sí mismo. Hay varios libros que explican cómo sacarle partido a las redes sociales como herramientas de promoción, algunos de ellos bastante buenos. Con constancia, un poco de trabajo, actitud profesional y un mínimo de sentido común, el propio escritor puede encargarse de esas tareas perfectamente,.

¿Para qué sirve un editor, entonces?

Hemos llegado a la madre del cordero.

Despojadas las tareas editoriales de todos los elementos que el autor puede hacer por sí mismo o contratar a terceros, ¿qué nos queda?

Precisamente lo que convierte a un editor en un editor y no en un mero intermediario que toma un libro, lo imprime (o lo pasa a ebook) y lo pone a la venta.

Su gusto, su criterio, su opinión sobre lo que merece ser publicado y lo que no. Ahí es donde verdaderamente está el trabajo editorial y eso es lo que, a largo plazo, distingue unas editoriales de otras. Evidentemente, los aspectos técnicos, el cuidado con el que se creen los libros para que sean, como producto, lo más agradables y legibles para el lector, va a influir también en la valoración que hagamos de una editorial. Pero en última instancia, va a ser su sagacidad para seleccionar unos títulos y no otros lo que cree o destruya su reputación. Y la reputación, al final, va a ser lo que haga de su empresa editorial un éxito o un fracaso.

Reputación que se construye título a título, que es un esfuerzo continuado de años y años. Reputación, que si se ha sabido crear correctamente, hará que los lectores, independientemente de que el autor que se está publicando sea conocido o no, miren cada nuevo título con interés simplemente porque lo publica ese editor.

¿Cómo se construye eso? A base de trabajo y tiempo. De prueba y error. Y, sobre todo, de ser fiel a los propios criterios. Se crea una editorial por muchos motivos. Uno de ellos, no menos noble que los demás, es ganarse la vida con ello y, a ser posible, ganársela bien.

Pero no es el único. Quizá ni siquiera sea el determinante.

Un editor publica porque cree que sus libros se se van a vender, o al menos va a intentar que así sea. Pero, sobre todo, lo hace porque son buenos, porque cree en ellos, porque son los libros que le gustaría encontrar en las librerías pero no están.

Se puede fracasar. Puede que el gusto del editor sea tan personal que le interese a muy pocos lectores. O puede, por qué no, que simplemente tenga mal gusto.

Pero es su gusto, su criterio, su opinión de lo que merece la pena. Y debe aferrarse a ella con uñas y dientes. Porque eso es lo que lo hará ser distinto de los demás, lo que le dará valor añadido a lo que hace y lo que, a la larga, hará que el público confíe en la calidad de lo que vende.

Sin eso, no es más que un intermediario prescindible. Y cada vez lo será más.


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