Sondela, haciendo un poco de historia

septiembre 7, 2013
 

Rodolfo Martínez

«Es muy peligroso, Frodo, cruzar la puerta», solía decirme. «Vas hacia el camino, y si no cuidas tus pasos no sabes hacia donde te arrastrarán.»
J. R. R. Tolkien

Pocas veces encontré estas palabras tan ciertas como en esta ocasión.

Soy, por lo general, un escritor de brújula, más que de mapa. Sé de dónde parto y suelo tener una idea bastante clara de hacia dónde voy y qué dirección he de seguir. Más allá de eso, el camino está en brumas y me voy orientando sobre la marcha, siempre teniendo presente el lugar al que quiero llegar y la dirección que he tomado.

Sin embargo, Sondela es una excepción en mis novelas. Y no porque con ella haya usado un mapa detallado, sino por todo lo contrario. Cuando me senté a escribirla, sabía de dónde partía, cierto; pero no tenía la menor idea de adónde iba a llegar ni por qué dirección me llevaba el camino que estaba emprendiendo.

Simplemente, me dejé llevar, puse un pie delante de otro y empecé a seguir el sendero, sin saber hacia dónde iba. Sin estar seguro, en realidad, de que iba a llegar a algún sitio.

Comencé con una premisa muy sencilla. Un buen día mi amigo Sergio Iglesias me dijo que se le había ocurrido una idea para un posible escenario de ciencia ficción. Imaginemos, me dijo, que a principios del siglo XXI la Atlántida aparece de pronto en mitad del Atlántico. Pasan los años y vivimos en un mundo que tiene dos concepciones irreconciliables del universo: hay una parte de él donde la magia funciona, los dioses existen y las plegarias son atendidas. Hay otra donde lo que funciona es la ciencia.

Me pareció interesante y, unos meses más tarde, decidí escribir un relato policiaco ambientado en ese escenario. Esa fue mi idea inicial: un cuento, nada más.

Pero cuando terminé de escribirlo, me di cuenta de que estaba muy lejos de haber llegado al final. Los personajes y situaciones de ese relato me estaban diciendo que su historia no había terminado, que quedaban cosas por contar y que era mejor que me pusiese a ello de una vez.

Pero, contar… ¿qué?, me dije. Había dado los primeros pasos por un camino que no sabía adónde me llevaba. De algún modo, esos pasos me marcaban un rumbo, pero no mucho más allá de unos metros. Hasta la siguiente parada, el próximo recodo o la curva que se veía un poco más allá.

Así que seguí andando. Recorriendo el camino. Cada etapa me daba una idea sobre la siguiente, pero seguía sin saber adónde iba ni cuándo o cómo llegaría al final. De hecho, no estaba muy seguro de que hubiera un final. Quizá, me decía a veces, me encontraría en cierto momento con que el camino se terminaba de repente y me dejaba allí, plantado en mitad de ninguna parte sin saber qué hacer o dónde ir.

Tenía miedo, evidentemente. Miedo de estar dedicándole mi tiempo a algo que tal vez no me llevase a ningún lado. Y, al mismo tiempo, estaba totalmente eufórico: durante los meses de julio y agosto de 2005 me encontraba en un estado casi febril, escribiendo casi sin parar; y, cuando no lo hacía, pensando en lo que había escrito o iba a escribir. Como he dicho, cada parte de la historia que escribía me daba una pista para la siguiente.

Y así, a una velocidad de vértigo, Sondela se fue enhebrando ella sola. Y, de pronto, un día comprendí que había llegado al final del viaje. Que había contado todo lo que quería contar. Y era un buen final, era el final que pedía la historia. Después de todo, no había perdido el tiempo ni me había quedado varado en ningún mar de los sargazos narrativo. Había completado el viaje. Y había sido un viaje intenso, emocionante y satisfactorio.

Así nació Sondela. Una de las experiencias más intensas de mi vida como escritor. No sólo por lo que acabo de contar, sino por mi decisión (tomada, como muchas de mis decisiones, sobre la marcha) de que cada parte de la historia fuera contada de un modo distinto, por un narrador diferente, con un punto de vista concreto. Jugando, aquí y allá con las personas narrativas, el tiempo o la construcción de cada secuencia.

Es, sin duda, uno de mis libros más complejos, no sólo por el continuo cambio de estilo, de punto de vista o de técnica narrativa sino por la forma orgánica en que la historia se va desarrollando y el modo en el que el foco narrativo va de un lado a otro y, en lugar de componer un paisaje completo, nos muestra atisbos de éste o aquel momento (o de la historia de un personaje u otro) y deja que sea el lector, en su cabeza, el que componga la historia completa. A primera vista debería haberme resultado tremendamente complicado de escribir.

Y sin embargo, fue todo lo contrario. Poseído, en cierto modo, por lo que estaba contando, el grueso de la historia fue escrito en poco más de un mes, un mes en el que casi no hice otra cosa que escribir porque, simplemente, no podía dejar de hacerlo.

Es, también, una de mis novelas más personales. A estas alturas no será ninguna novedad si digo que, de un modo u otro, me codifico a mí mismo en lo que escribo. Todos los escritores lo hacemos, supongo. Pero en Sondela es uno de los libros (quizá junto con El sueño del Rey Rojo y El abismo en el espejo) donde codifiqué partes de mí mismo realmente importantes y, en cierto modo, enormemente privadas. Si soy, en cierta manera, lo que escribo, podríamos decir que en Sondela soy lo que escribo más que en otras obras.

Fue escrita hace más de ocho años. El tiempo, además de perspectiva, a menudo produce resultados chocantes. Partes que me parecían fundamentales, vitales, vistas con la distancia de casi una década, las encuentros ahora curiosamente ajenas a mí. Otras, a las que en su momento no les di gran importancia, me despiertan ecos inesperados y me reconozco en ellas de un modo que resulta casi inverosímil.

Todo lo que he dicho (la experimentación formal, el puzzle narrativo, la cercanía a mí mismo) no convierte Sondela en una buena novela, desde luego. Sin embargo, y pese a que mi opinión tiene que ser forzosamente sesgada y subjetiva, creo que sí lo es, que resulta uno de mis mejores trabajos, uno de los más ambiciosos y de los mejor acabados. Cuando, ocasionalmente repaso algunos fragmentos, me dejo llevar por el narrador que he creado y saboreo las emociones que hay detrás, no puedo evitar pensar que, en efecto, esos febriles meses de 2005 se conjugaron para ayudarme a crear una de mis mejores novelas.

Claro que, como de costumbre, es el lector quien tiene la última palabra al respecto, como no podía ser de otra forma.